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lunes, 12 de enero de 2015

Capítulo 66. FOTOPSIAS O CÓMO ENSAMBLAR DESTELLOS.


Hace tiempo que el arte no es lo que era y es todo lo anterior. (re) hacer, (re) pensar, (re) formular conceptos y técnicas, que vuelven a la vida aunque nunca se abandonaron. Que son nuevas y viejas, y respiran, comunican, transmiten, enganchan. Esto es lo que hace Andrés Torca con sus Fotopsias. (re) piensa la técnica, (re) descubre los resultados, se (re) crea a sí mismo (re) haciendo imágenes de los demás.

Fotopsias es el resultado de la combinación de las palabras FOTOgrafía + autóPSIAS. Es curioso, casual y también poético, que ese mismo término se use en el campo de la medicina para designar los destellos luminosos que percibimos en ocasiones, cuando cerramos los ojos.



Andrés Torca ha vuelto a hacer fotografía analógica (¿artesanal?) para representar lo humano. Algo que nunca abandonó porque en su dominio y experimentación con diferentes técnicas y procesos (instalación, escultura, pintura) lo humano siempre está, y en Fotopsias se convierte en universal. Personas fotografiadas elegidas a través de llamamientos informales, otras seleccionadas al azar mientras paseaban por alguna calle de Ecuador, Colombia, Italia, Alemania, España o Argentina, que si bien son solo unos cuantos países y no el mundo entero, la necesidad de desbordamiento por comparación de etnias, razas y rasgos, hace de estas obras piezas de lo colectivo y lo común. Del ser que es igual y diferente al resto. Del detalle al todo.

Cada obra es un proceso terminado y abierto. Cada fotografía final es descompuesta por el ojo, que unas veces se para en el detalle, y otras en el conjunto. Un juego, quizá mágico, que consigue gracias al uso de un mismo negativo, fragmentar imágenes que se (re) harán luego, descomponiéndolas, multiplicándolas, (re) construyéndolas a base de tiras de prueba, sin de dejar de ser un todo que toma forma en el laboratorio-forense-creativo-cuarto-oscuro de Andrés, como si se tratase de una escultura de barro o un elemento arquitectónico.



El papel como una piel, como todas las pieles posibles. Esas personas, ancianos, niños, jóvenes, mujeres, hombres, blancos, negros, guapos, feos, simpáticos o tímidos, como ellas mismas y como todas las demás. Fotografía en blanco y negro (con diversos matices y gradaciones) como elección estética y nostálgica que bebe de fotógrafos clásicos o consagrados como Cartier Breson, Álvarez Bravo o Mapplethorpe, a modo de eje vertebrador y democrático de lo que somos, de lo que la exposición es. 30 imágenes de cuerpos enteros, medios cuerpos, rostros, fragmentos como hiperenlaces a escala 1:1, que nos enfrentan con un espacio, pues las fotografías ensambladas ocupan un lugar en 3 dimensiones, con una presencia/ausencia con la que relacionarnos íntimamente. Por lo que compartimos, por lo que nos diferencia y acerca. La exposición como lugar de encuentro con lo cercano y descubrimiento de lo lejano. Como una plaza en la que reunirse y conocerse. ¿No es una buena manera de conocernos a nosotros mismos, conocer a los otros?

Las obras de las que se compone esta muestra son el resultado de un largo proceso que ha llevado a Andrés por diferentes continentes geográficos y personales. Diez años en los que experimentó, usó, abandonó para volver a encontrar, (re)encontrar, la fotografía como método idóneo para comunicar su presente, el nuestro, compuesto de mínimos acontecimientos (una sonrisa, un recuerdo), y nuevas concepciones globales de ciudadano, persona, sexo, raza, ser. Piezas para las que ha puesto al servicio todo su bagaje cultural y emocional.



Porque los lenguajes del antes pueden pertenecer al hoy si usamos la imaginación para (re) inventarlos. Porque nosotros no somos los de ayer. Somos los de ahora pero forjados con lo vivido, con nuestra propia historia y la historia común. Agrandando las conexiones, simplificándolas, yendo a lo común, a la naturalidad dentro del acelerado momento en el que vivimos.

Párate, deja que tu ojo baile, que observe ese gesto de la boca, ese brazo extendido, esa cara que habla o pregunta en cada una de sus partes físicas y psíquicas.



Hablar de las personas buscando lo común y lo lejano es hablar de esencia pues el simple hecho de estar aquí y ahora nos proporciona una. Hablo de esencia porque es lo que encontrarás en esta exposición que podéis visitar desde el pasado día 9 hasta el próximo día 22 de enero, en el Consulado del Mar de Burgos. La esencia del ser múltiple que somos todos.




viernes, 10 de mayo de 2013

Capítulo 38. ÁLVAREZ BRAVO, EL FOTÓGRAFO DE LOS DOMINGOS.

No es que sea una verdadera entendida en fotografía pero me gusta mucho. Hay algo de mágico en muchas imágenes fotográficas, algo que atrapa. Creo que esa es la diferencia entre un buen y un mal fotógrafo, o entre una fotografía que pueda ser tratada como arte, y la que no. Hoy en día con las cámaras digitales y todos los recursos tecnológicos a nuestra disposición, parece ser que cualquiera puede ser un buen fotógrafo. No nos engañemos, eso no es así.

Como ya sabéis, una de mis fotógrafas preferidas es Francesca Woodman pero, casi por casualidad como suele ocurrir con el arte que marca, descubrí a un verdadero genio de la fotografía: Álvarez Bravo. Hasta el día 19 de mayo podéis visitar una fantástica exposición en la sala de exposiciones de la Fundación Mapfre en Azca, no solo con sus fotografías más representativas, sino  también con documentación, manuscritos, cartas y algunas muestras de sus experimentaciones cinematográficas.


"Los Agachados, 1934"

Manuel es el fotógrafo mexicano más representativo de la contemporaneidad. Con una vida larguísima, llegando a los 100 años (1902-2002), su ingente legado es un recorrido no sólo por un México en cambio, sino por las vanguardias artísticas, por la captación de la sensibilidad, por la universalidad del arte. Sus imágenes nos hablan de un momento y un lugar en algunas ocasiones, en otras sin embargo, son representaciones simbólicas de una estética, de un movimiento artístico. La plasmación en fotografía del surrealismo o el constructivismo.


"Ondas de Papel" 1928

"Tríptico Cemento-2/La Tolteca" 1929
Su primera cámara la compró en 1915, y comenzó a experimentar pues, aún teniendo una formación en arte y música recibida en la Academia de San Carlos, se puede considerar que fue totalmente un autodidacta. Sus imágenes, en blanco y negro en su mayoría, van desde lo folclórico o lo fotoperiodístico, a lo poético.

Uno de los rasgos más representativos de Álvarez Bravo es el juego de la mirada. Combina de forma magistral en muchas de sus fotografías los reflejos, estableciendo un relación recíproca entre el que mira, el que es fotografiado y el que fotografía. Todos, los tres, estarán presentes en algunas de sus piezas. Miradas que van y vienen, entran y salen de lo fotografiado, traspasando los propios márgenes de la obra.


"Parábola Óptica" 1931
En otras ocasiones, las obras nos muestran arquitecturas que son encuadradas de manera tal, que llegamos olvidar que se trata de edificios o estructuras, y solo observamos formas puras: rectángulos, cuadrados, círculos... Crea esculturas visuales.

Estuvo muy cerca del surrealismo y, de hecho, André Breton le encargó una fotografía para la portada de un catálogo de una exposición surrealista aunque, el mismo Breton finalmente la censuró. Aún así, ésta fue la obra que le llevó al reconocimiento internacional. Trabajó cerca de los grandes muralistas mexicanos, como Rivera o José Clemente. Su fotografía más documental formó parte de la revista Mexican Folkways. Grandes museos como el MoMA de Nueva York poseen obras del fotógrafo en su colección.


"Obrero en Huelga, Asesinado" 1934

"La Buena Fama Durmiendo" 1938
En 1931, con el dinero de un premio de fotografía que había ganado, compra la cámara que Tissé había usado en la película "¡Que viva México!" de Eisenstein. Filmó algún documental y realizó películas experimentales en super 8 y 8 mm, e incluso colaboró en varias películas de Buñuel

La fotografía de Álvarez Bravo es una muestra de la persona en soledad, de objetos animados, del ser humano como generalidad. Captó imágenes que se convertirían en referencia de las luchas sociales del s. XX. Construyó posados que bien podían haber salido del manifiesto surrealista. Indagó en lo inerte. Fue un paciente espectador de la vida cotidiana, esperando horas en la calle para conseguir la foto perfecta. "Debes de ser paciente", le decía a su discípula y fantástica fotógrafa también, Graciela Iturbide. En ella ha quedado mucho de él. Sus obras, aunque diferentes y con un lenguaje propio, demuestran su influencia. Conocí antes la obra de ella que la de él, pero aunque no supieses nada de la relación entre ellos, al ver la exposición te das cuenta de que los lenguajes confluyen. Ambos hablan el mismo idioma.


"La Hija de los Danzantes" 1933

Graciela Iturbide "Chalma, México" 2008
La exposición de la Fundación Mapfre es exquisita. La selección de obras, iconos del s. XX, el diálogo que se establece entre las diferentes piezas y los documentos, la distribución de las mismas en ejes temáticos que son descritos perfectamente con una sola palabra: "Formar", "Construir", "Aparecer", "Ver", "Yacer", "Exponerse", "Caminar" y "Soñar". Estas ocho palabras, estos ocho verbos pueden resumir la obra de este magnífico artista. 


"Gorrión, Claro!" 1938-1939

"Castillo en el Barrio del Niño" 1990

Y como os decía al principio de este artículo, la diferencia entre un buen y mal fotógrafo es que las imágenes atrapen. Las fotografías de Manuel Álvarez Bravo atrapan, sí y además, hablan, reclaman, enganchan, condensan en sí mismas lo artístico y lo social, lo vital, del s. XX.

Quedan pocos días. No os perdáis la exposición.





martes, 11 de diciembre de 2012

Capítulo 26. FRANCESCA.

En 2010 estaba viviendo en Roma. Trabajaba en un museo de arte contemporáneo y ya se sabe, cuando estás dentro, sales y sigues, pero en ese caso, por placer. Un día me acerqué a una exposición en la Galleria Nazionale d'Arte Moderna e Contemporanea. Siempre que podía me escapaba por allí. No quedaba lejos de mi trabajo y, aún siendo un museo de lo más tradicional no sólo por el edificio sino por la manera de exponer y el discurso de lo expuesto, ir me relajaba. Bien, todo ésto era para contar que ese día, en aquella exposición, descubrí la obra de una artista que desde ese momento me dejó fascinada: Francesca Woodman.


Cuando ahora pienso en ello, no sé cómo no había sabido nada de ella antes. ¿Cómo la pude pasar por alto?.

Francesca Woodman nació en Denver (Colorado) en 1958. Sus padres son artistas y quizá esa sea la razón de su manera de entender el arte. Desde pequeña convivió con él. Lo mamó. Ya con 13 años comenzó a hacer fotografía. Viajó y pasó temporadas en Roma y Florencia, dedicándose a estudiar arte y desarrollar su propio lenguaje. Parece ser que también trabajó con el vídeo. Lástima que no he podido verlo. El 19 de enero de 1981, Francesca se lanzaba al vacío desde una azotea de un edificio de Nueva York, con tan sólo 23 años. Sus padres conservan unas 800 fotografías y negativos.




Francesca es fotógrafa y modelo. Se fotografía una y otra vez siempre en blanco y negro. Desnuda, vestida, escondida, borrosa, abandonada. Es una presencia incierta a veces, y un cuerpo frágil pero rotundo, otras. En ocasiones parece hacer referencia, guiños a otras épocas y movimientos, como los prerrafaelistas, en otros casos, transforma su cuerpo con objetos, a la manera de Ana Mendieta. 





Los escenarios son espacios en desuso, que se caen, se desconchan. Puedes sentir el frío, la ausencia. Incluso, en las pocas ocasiones que está en la naturaleza, ésta no es amable sino una naturaleza de invierno, que no abriga, que ahoga, rasga, hiere.




Sus fotografías son evocadoras. Están llenas de magia. No es sólo lo representado, es mucho más. Contagia nostalgia, soledad, tristeza, denuncia. Me sorprende que, en la exposición en la que me topé con ellas, estuviera enmarcada dentro de la clasificación "artistas feministas". No creo que ella fuera feminista, o no de manera muy pensada, activista. Creo que tenía un visión muy personal del mundo. Para mí, lo que ella llevaba dentro y el choque con la realidad (lo que había fuera), es la clave de su obra. Por supuesto, su interior es femenino. Su exterior también, y eso conlleva unos roles y Francesca no los perdía de vista, pero lo que representa en su obra es tan íntimo que no considero que deba encuadrarse dentro de un colectivo. Es, como pocas otras, única. Muy tópico, lo sé, y hasta me suena mal, pero su obra, en mi opinión, es su propia "alma desnuda". Odio usar esa frase pero la describe a la perfección y me temo que no volveré a usarla con ningún artista más.





Desde hace unos años las exposiciones sobre la obra de F. Woodman se suceden: la más importante quizá habrá sido la del Guggenheim de Nueva York este mismo año, en La Fabrica aquí en España y muchas otras individuales y colectivas. Parece ser que desde hace un tiempo se ha recuperado a una artista que ahora nos dice todo aquello que en su momento, nadie vio o quiso escuchar.




En una carta a un amigo, antes de suicidarse decía: 

"Mi vida en este punto es como un sedimento muy viejo en una taza de café y preferiría morir joven dejando varias realizaciones... en vez de ir borrando atropelladamente todas estas cosas delicadas..."